lunes, 4 de enero de 2016

El abuelo de las agujas

Yo sentado solo en un café del Bellas Artes tomado un cortado, leyendo y divagando sobre mis existenciales crisis del ser, del dónde ir, del qué hacer.
Yo sumido en esa angustia, creyendo que el mundo no me comprende, que es hostil, que me castiga. (Por creerme ser de “izquierda“)
Ahí estaba yo, sumido en angustias individuales, burguesas, preocupado de mi pequeña granja.
Pero Dios, quizás la Vida o ese” Espíritu llamado Revolución” me dio una bofetada de realidad.
Yo que me creo “coherente”, subí al bus de Transantiago (porque así viajamos los “coherentes” de izquierda) y conmigo un anciano. Un abuelo, de esos abuelos de verdad, de difícil caminar, de bastón reforzado con cinta adhesiva, de pelo cano, de pobre gorro de lana sintética, de ojos blancos por las cataratas. Un anciano, un abuelo que se subió a vender agujas. Simples agujas a $200 el paquete ¿Qué hace ese abuelo de torpe caminar vendiendo en los buses? ¿No debiese estar en su hogar sobrellevando estos fríos con un café, un té o un navegado?
Pero él no el vende por vocación, lo hace para sobrevivir, para comer, ya que, su pensión mísera lo condena a una muerte indígnate.
Yo preocupado de la existencia del ser, angustiado en la retórica pregunta de ¿qué hacer?
Pero angustiado cómodamente, bebiendo un café caliente, rodeado de “lindas e intelectuales” personas.
Cuán mezquino, cuán repugnante, cuán reaccionario me siento. Vergüenza reflejan mis ojos. Que déspota ante el sufriendo real, concreto y humano. Cuán indiferente ante las injusticias y la indignidad.
Deprimirse bajo mi contexto de comodidad, es un acto reaccionario, un acto de soberbia. Es fácil atribularse tomando café en el Bellas Artes, es fácil angustiarse con las comodidades de la calefacción central, el buen vino, el tabaco exportado y una pipa de $27.990.
En cambio, el abuelo vive la depresión de una vejez irritante por no poseer activos monetarios que lo hagan participe del modelo. El abuelo vive la angustia de intentar juntar algunas monedas al día para comer. El abuelo vive la tribulación de saberse cansado, algo ciego, torpe pero obligado a sobrevivir.
Una bofetada de realidad.
Cuánta vergüenza de tener preguntas que ya sé moralmente la respuesta.
Si me voy a deprimir, si me voy angustiar, si me voy atribular. Que no sea por patéticas preguntas sofisticas de la existencia humana. Por el contrario, me he de deprimir por las derrotas que puede tener la lucha contra un sistema inhumano y cruel.
Cómo deprimir por amar, por sentir, por desear. Soy humano, eso me hace humano, sufro de amor como todos y todas.
Vergüenza y felonía siento conmigo mismo.
Es fácil deprimirse y angustiarse tomando café de $3500 en alguna cafetería de Bellas Artes.


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